/ Cuando se es niño /


En el sexto grado se sentaban en un mismo pupitre. En primero de media salían juntos después de clases. Aunque la niña para ir a casa, doblaba a la derecha y el niño a la izquierda. Pero muy pronto se aclaró, que, torciendo primero a la derecha y después a la izquierda no era peor, sino, todo lo contrario, mucho mejor. El niño torcía a la derecha, después a la izquierda; caminaba sin más, al lado de ella, y cada uno llevaba su mochila, pero el niño tenía frío y calor, y el viento, de otoño y de invierno, le soplaba en la cara. Lo que le pasaba a la niña, él no lo sabía y le daba miedo pensarlo.

En segundo de media siguieron saliendo juntos de la escuela, solo que ahora iban cogiditos de la mano. A los chicos les decían que lo de ellos era una amistad de pioneros y al decirlo se reían a grandes voces.

El niño era feo, de cabello negro, callado y de nariz respingona, como los ganchos de una percha. El niño trataba de hacer algo con la nariz y, en casa, cuando no había nadie, ante, el espejo, la torcía hacia abajo y permanecía así bastante tiempo. Y no salía mal del todo. Pero después, por desgracia, la nariz volvía a la posición anterior. Una vez, no se sabe de donde, sacó una liga tirante y ancha y toda una semana, por la noche, se estiraba la punta de la nariz hacia la barbilla. Pero tampoco aquello le dio resultado, y una vez la goma le salto y le hizo daño en el labio.

De súbito, en las vacaciones de invierno él empezó a escribir poesías. En don días escribió cuatro: todas consagradas a la naturaleza. Las escribió en dos ejemplares y se las enseño a un chico muy listo del quinto año.

Este era muy entendido en literatura. Dijo que las poesías eran muy flojas y, lo principal, que no eran de su cosecha, porque en los temas denotaba la influencia de Esenin; en las ideas, la de Block, en la rima. Al volver a casa rompió y quemo un ejemplar y el segundo, por si acaso lo escondió en un lugar difícil de encontrar.

En tercero de media la niña lo invito a su cumpleaños. El estuvo largo tiempo pensando que regalarle y le hizo una estantería tan bonita que la muchacha, de contenta, le dio un beso. Ya no se volverían a besar más.

A finales de otoño la muchacha cayo de súbito enferma. De una grave enfermedad: una forma de poliomielitis. Las consecuencias fueron graves: la muchacha sano, pero perdió el rostro: torcido hacia un lado, inmóvil, fijo y los músculos de la cara quedaron paralizados meses y años. La muchacha perdió la sonrisa y los gestos, entre los cuales había muy simpáticos. Y aunque aquello era para ella espantoso, muy amargo, había perdido también la expresión del miedo y la expresión del dolor.

La trasladaron a otro hospital en el que estuvo internada mucho tiempo. Pero ni ella misma tenía ganas de salir de allí: le daba miedo volver a casa y a la escuela, sin rostro. La curaban: pinchándola, haciéndole masajes, mover los labios, arrugar la frente. Pero los músculos no respondían, la muchacha lloraba desesperada, pero eso, en su rostro, no se reflejaba, solo lágrimas corrían por sus mejillas inmóviles.

El muchacho iba al hospital, le llevaba cosas, tímido, hacia todo lo posible por enterarse de algo por la enfermera de turno. Después permanecía debajo de la ventana de la muchacha -no lo dejaban entrar a causa de una epidemia de gripe- y saludaba con la mano.
Una enfermera le dijo en cierta ocasión que ahora, lo principal, para la muchacha era hacer gimnasia facial y, por ejemplo, le vendría muy bien reírse mucho. Aquí la enfermera advirtió con un suspiro que de verdad no se podía hablar de risas cuando tenía todo el rostro torcido.

El muchacho no olvido aquellas palabras. Y empezó a hacer reír a la muchacha. Todos los días, después de clases se iba al hospital y desde la calle contaba historias muy graciosas. Pero las palabras apenas llegaban a la habitación por la ventanilla entreabierta, y el muchacho recurrió a la mímica para contarle las historias.

El chico no era muy ingenioso, por lo que al principio, todo le salía regular. Pero se esforzaba mucho, ensayaba en casa ente el espejo; en las lecciones se quedaba fijo mirando a la pared e inventaba diversas monadas y saltos y, poco a poco, se adiestro de manera que empezaba a revelar talento.
Cuando cayeron las primeras lluvias, remedaba como los conocidos de ambos iban a la escuela, resbalaba, gesticulaba, agitaba los brazos, caía de espaldas, pataleaba al aire de forma febril. Una vez al caer, se hizo daño en la rodilla y el gesto de dolor que se dibujo en su rostro salio tan real que lo volvía a repetir todos los días. Caía sobre el al lluvia y cogiendose la rodilla daba vueltas como un trompo. Y la muchacha se reía.

Después llego el verdadero invierno, con las verdaderas heladas y ventiscas. La muchacha, por signos, le preguntaba si tenía frío allá abajo. Y él respondía que estaba helado, horriblemente helado, que temblaba de frío, y lo hacia de la manera que el gorro se le caía al suelo y los guantes volaban por los lados. El gorro se le caía muy a menudo, y acabo constipándose. Pero el se valía del constipado para hacer gracia a la muchacha: en lugar de pañuelo se traía una toalla y se sonaba cinco minutos seguidos tan ruidosamente que las cornejas se echaban a volar. Y la muchacha se reía.

Después empezó a utilizar sus peculiaridades físicas. Resultaba que su aspecto era un verdadero tesoro. Saco de algún sitio un cigarro puro e imitaba al millonario americano y, de forma muy graciosa, trataba de prender el cigarro puro. A la nariz también le encontró aplicación, y muy buena. Se colgaba la cartera en la nariz y con gestos mostraba como le iría creciendo, creciendo, hasta no ser ya nariz sino una trompa, y entonces el podría, como un elefante, llevar con ella troncos de un sitio a otro, el representaba todo aquello, y la muchacha reía.

La muchacha se reía y poco a poco se le empezaron a mover las mejillas, a hacerle caso las cejas. Aun le quedaba la faz torcida, pero ya empezaba a trasparentarse e rostro.

Todo el invierno, los tres meses, estuvo apareciendo el muchacho bajo la ventana del hospital. Cuanto más se reía la muchacha, tanto mas mejoraba, y cuanto mas mejoraba, tanto mas se reía.

Cuando el invierno tocaba a su fin le hacían gracia hasta los autos que frenaban al llegar a la curva. Y el muchacho, valiéndose de esto, empezó a remedar a un conductor que, tras frenar bruscamente, se daba un golpe contra el parabrisas y la cabeza se le balanceaba largo tiempo atrás-adelante, atrás-adelante.

En marzo dieron de alta a la muchacha. Recobro por completo el rostro e incluso la mostraron varias veces a estudiantes y especialistas como ejemplo de recuperación total y testimonio de triunfo de la medicina contemporánea. Fueron a recogerla del hospital su madre, su padre y la abuela; el muchacho no acudió porque le daban vergüenza los mayores.

Al día siguiente se encontraron y estuvieron mucho tiempo paseando por la calle, de la mano. De costumbre el muchacho la hacia reír, y ella pensaba lo bueno que era y lo bien que la trataba. Ella, es cierto, no sabia si aquello era amor o no, lo mas seguro, no, porque el muchacho era casi como de la familia. Pero pensaba que dada la situación, pues no quería enamorarse de ningún otro, y en las veladas bailaría solo con él, e iría al cine y al parque, también con él, así, cogiditos de la mano.

Al poco tiempo empezó la vida escolar, incluso se enfadaron dos veces por tonterías; al parecer por un torpe apuntamiento; pero se reconciliaron pronto, porque el muchacho era complaciente y ella no era rencorosa. Y volvieron a ir cogiditos de la mano al cine y al parque.

En verano la muchacha se fue a la casa de verano y allí se enamoro de un estudiante de quinto año. Al principio ella, realmente, no quería, y entrenaba con él sonrisas y gestos por puro ejercicio medico: comprobaba si le funcionaban bien los músculos de la cara. Pero el estudiante era alto, guapo y bien plantado, y ella lo comparaba con los muchachos de la escuela. Y a consecuencia de este alarmante sentimiento la vida en torno se le antojaba más brillante, insegura e inesperada. Cuando llovía y el estudiante la ayudaba a ponerse el impermeable y a abrocharse el botón del cuello, le saltaba el corazón y pensaba que le iban a fallar las piernas y, sin fuerzas, caería en sus brazos….

Después, a finales del verano, a poco de comenzar la escuela, recordó a su amigo y le dio pena. Pero por otro lado tampoco ella era culpable, pues todo había sucedido sin quererlo y no podía hacer nada. Y pensaba también que era mucho mayor que el muchacho, porque él, a pesar de ser bueno, no era nada mas que un niño, y ella ya sabia lo que era la vida y lo que era el amor…

Desde entonces ha pasado mucho tiempo -ocho a nueve años-. La muchacha esta casada y tiene una hija. El estudiante resulto inteligente y serio. Se casaron a los cuatro años de haberse conocido. Viven en armonía y se llevan bien. A veces la muchacha cuenta a sus conocidos la historia del chico de cabello negro, callado y de nariz respingona que estuvo un invierno entero haciéndola reír. Y fingiendo enfado le dice a su marido:
- Ya vez lo que me he perdido por ti. ¡Y tú, no lo aprecias!
El marido le acaricia la mejilla y abre los brazos:
-Se hace lo que se puede…
Y a ella le agrada que e otros tiempos la quisiera un muchacho tan bueno y comprensivo.

El muchacho tiene ya veinticuatro años. Bueno, es ya un hombre. Sigue igual: de cabello negro, callado y con la nariz respingona. Sin embargo, la mirada es rígida y áspera y las muchachas dicen que es todo un tipo, que es, a su modo, muy simpático, ha aprendido mucho. Entre otras cosas poner los impermeables a las muchachas y abrocharles el botón del cuello.

Digamos, de pasada, que hay una muchacha enamorada de él, a la que conoció en una excursión de verano. Ella lo llama tres o cuatro veces a la semana por teléfono, de vez en cuando lo espera a la salida del trabajo y, a veces, por las noches, pasea por delante de su casa, contemplado la amplia ventana, encendida, en el cuarto piso de su departamento, que tiene descorrida la cortina gris.

A veces, las amigas, con picardía, le preguntan por que elige pasear por esa calle.
La muchacha responde mirándolas a los ojos:
-Pues porque lo quiero. Si, si lo quiero ¿entendido?
Por desgracia el muchacho no cree ya en el amor. Cuando la muchacha lo cita, él o llega tarde o no acude. Cuando lo llama al celular y con voz alegre le cuenta los casos que le pasaron en la universidad, él le dice que esta hasta el tope de trabajo y que no puede perder el tiempo dándole a la lengua. Y se vale también de un sinfín de tretas para vengarse en la muchacha de que el mundo sea tan imperfecto e injusto.

Por ahora no sabemos en quien se vengara esta muchacha por sus penas y amarguras. No tiene más que diecisiete años.




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